Un verano soleado se detuvo ese domingo en nuestro jardin de Villa Adelina. Las chicharras se llamaban y respondian a coro en la distancia. Los árboles se susurraban, más discretos. sus hojas verde vivo se mecian suavemente. Los rayos de la sol caian como una sensación de satisfacción que llenaba el jardín.
Una gata negra y gris rayada, bastante joven en aquellos años, se corria un poquito y se alejaba del bebé, justo cuando le iba a agarrar la cola.
Una lagartija negra trepaba por la caña. de la misma salia un humo dulce. Un hombre en cuero la llevaba, y recorria el camino que llevaba al fondo, debajo de la parra. mientras llenaba con el humo dulce el suave jardin, recogia los racimos de uvas que colgaban sobre su cabezota. Unos perros ladraban a lo lejos. Unos chicos quemaban hormigas con la lupa cerca de la parra.
Justo cuando creia que le iba agarrar la cola, Tania se escapo un poquito más lejos.
lunes, julio 31, 2006
sábado, julio 15, 2006
Juguemos
Juguemos,le gustaba decir
A él le gustaba mucho jugar.
Le encantaba reirse con la gente.
Le encantaba estar con la gente.
Pero a la gente no le gustaba reír
A la gente no le gustaba jugar
La gente se alejaba, se aburría
Y él no podía
permitirlo. No le gustaba que la gente se aburriera
No le gustaba que se volvieran grises
Entonces los ayudaba
Los privilegiaba.
Se los llevaba, los sacaba del gris.
Los alejaba de sus aburridas familias,
Pero aun así la gente no quería reír
Entonces el se ponía más triste.
Lloraba, lloraba mientras ellos se iban
Lloraba porque él los quería,
No quería que se fueran
No quería llorar, quería jugar.
Los despedía entre lagrimas
Los veía como se marchaban
No querían jugar, no lo querían
Debían irse, lo lastimaban
Y él lloraba, nadie para jugar
La gente gris se iba, aburrida
La gente malvada lo hería
La gente gris y malvada debía ser herida
Los abrazaba amorosamente
Y cuando ellos se querían ir...
Apretaba mas fuerte.
Y entonces se quedaban
Tranquilos y dóciles
Callados y expectantes
Sus amigos que abrazaba,
Hasta que lo quisieran
Después se aburría y los dejaba
Los dejaba con los demás.
En la húmeda oscuridad
En la profundidad de un bosque.
Un bosque acogedor y frío
Lleno de amigos bajo los árboles
Un lugar alegremente oscuro
Donde nunca se estaba solo
Preparando algún juego
Esperando un nuevo amigo
Enterrando al anterior
Y ahora se encuentra solo
Y él sabe, quien es divertido
Sabe quien es simpático
Sabe donde viven sus nuevos amigos
Sabe como entrar a tu casa por la noche
Parte III, El cielo y la noche
La sombra danzaba con el fuego en la interminable noche
Y los hombre dormian sumergidos en una pesadilla tranquila
Pesadilla de lluvias de sangre, de guerra y muerte
Pesadilla interminable que les impedia ver la verdad.
Los hombres perdieron ya esa hermosa habilidad
La habilidad de mirar al cielo y ver las fogatas distantes
Danzando lentamente en un baile sin fin
Dirigiendose a un destino penoso pero resplandeciente de hermosura.
Y los hombre dormian sumergidos en una pesadilla tranquila
Pesadilla de lluvias de sangre, de guerra y muerte
Pesadilla interminable que les impedia ver la verdad.
Los hombres perdieron ya esa hermosa habilidad
La habilidad de mirar al cielo y ver las fogatas distantes
Danzando lentamente en un baile sin fin
Dirigiendose a un destino penoso pero resplandeciente de hermosura.
Parte II, La luna.
Salgo al valle
veo la luna
sus dulces rayos
bañan de plata la noche
Miró toda su hermosura
y le girto "¡que fiasco chabona!"
Miro su belleza
y la maldigo, halla lejos en el cielo.
Porque se que no me escucha.
y se que no me entenderia
y si no sabe hacerlo entonces no me importa
Duermo de día y aprecio
su hermosura
pero ella hermosa y fría
no me sirve
¡Que fiasco Luna!
me tenías que hacer
olvidar de la sol
y la recuerdo más cada día
¡Que fiasco hermosa!
yo no te pedí nada
y vos me lo negas
yo solo quería olvidar
¡Que fiasco Luna!
tu hermosura de porcelana
y yo necesito envolverme
en esos rizos de fuego
¡Que fiasco querida!
yo solo queria olvidar
a mi dulce amada
y cada vez me despierto
más de día y poco a poco
contemplo la sol una vez más,
y me doy cuenta y lo grito una vez más:
"¡Que fiasco!"
Pero la vieja herida es más dulce
y no vale la pena sufrir
mejor me olvido también de ti.
veo la luna
sus dulces rayos
bañan de plata la noche
Miró toda su hermosura
y le girto "¡que fiasco chabona!"
Miro su belleza
y la maldigo, halla lejos en el cielo.
Porque se que no me escucha.
y se que no me entenderia
y si no sabe hacerlo entonces no me importa
Duermo de día y aprecio
su hermosura
pero ella hermosa y fría
no me sirve
¡Que fiasco Luna!
me tenías que hacer
olvidar de la sol
y la recuerdo más cada día
¡Que fiasco hermosa!
yo no te pedí nada
y vos me lo negas
yo solo quería olvidar
¡Que fiasco Luna!
tu hermosura de porcelana
y yo necesito envolverme
en esos rizos de fuego
¡Que fiasco querida!
yo solo queria olvidar
a mi dulce amada
y cada vez me despierto
más de día y poco a poco
contemplo la sol una vez más,
y me doy cuenta y lo grito una vez más:
"¡Que fiasco!"
Pero la vieja herida es más dulce
y no vale la pena sufrir
mejor me olvido también de ti.
La silenciosa mirada de Clara Dumont
Era una noche horrible, afuera llovía descontroladamente. Adentro de la casa reinaba el silencio. El señor Dumont estaba en la sala, sentado junto a la chimenea, con un vaso de whisky en la mano. Su esposa lo miraba fijamente.
La violencia de la tormenta azotando las ventanas contrastaba con el silencio de muerte que mantenía la pareja Dumont. El señor Dumont, Richard, no había sido un buen marido, pero esas cosas corresponden a la vida privada de la pareja y no ahondaremos en detalles, nos dedicaremos a seguir el relato de la noche de la cual ya habíamos hablado.
Richard intentaba hablar con su mujer, para que ella lo perdonara. Pero ella hacia caso omiso de lo que decía su marido. Lo miraba fijamente y el fuego de la chimenea le daba un toque fantasmal a la fría y acusadora mirada de Clara. Los relámpagos iluminaban la escena y cada vez que lo hacían mostraban una botella de whisky más vacía...
Pasadas las doce el whisky se había acabado.
-¿por qué no me perdonas?- dijo el, ya ebrio, señor Dumont.
Clara se mantenía fría y le contestó con una mirada. Esos ojos fríos le atravesaban el alma. Habían pasado seis semanas desde que escucho por ultima vez la voz de su mujer.
-yo jamás quise lastimarte- rompió en lagrimas- Todavía te amo Clara.
Los ojos de su esposa le contestaron desde la fría e inamovible expresión de su rostro. El odio que sentía por él emanaba de ellos y le decían que no seria feliz hasta que él le pagara todo el daño que le había hecho.
-¿pero qué puedo hacer?- dijo Richard mientras aullaba en llanto- ¿no es mi sufrimiento suficiente?¿llorar por ti todas las noches no te hablanda el corazón?
Clara seguía en su postura, no estaba dispuesta a perdonar a su esposo pero si a odiarlo por toda la eternidad.
-todas las noches... todas las noches me siento en este sillón y tu mirada me reprocha lo que hice. Hace semanas que no puedo dormir, ti mirada me llena de culpa cada noche y hace mi vida más miserable cada día.
Los ojos le respondían fríamente. Lo miraban de la misma manera desde hace seis semanas, ni siquiera habían pestañeado en todo ese tiempo. Esos ojos acusadores que lo miraban a cada instante. Los encontró en la sala, lo siguieron al trabajo y le impedían concentrarce, lo acusaban mientras estaba en la cama y no lo dejaban dormir. Esos ojos, los ojos de Clara Dumont que lo perseguían acosándolo por el crimen que había cometido y lo observaban desde el cuadro frente al cual encontraron el cadáver del señor Dumont. Se había volado la tapa de los sesos, junto a él había una botella de whisky vacía y un vaso.
Los investigadores habían encontrado evidencia que demostraba que Richard Dumont había asesinado a su esposa seis semanas atrás. Los investigadores suponían que la culpa lo había llevado al suicidio.
-es extraño- dijo el detective Clarence, en la sala del señor Dumont mientras observaba el cuadro de su esposa.
-¿qué cosa?- pregunto el agente Gutiérrez.
-ese cuadro, tiene una expresión muy profunda. Severa... acusadora, diría yo. Me pone muy incomodo
-sí, mejor vamonos.
La violencia de la tormenta azotando las ventanas contrastaba con el silencio de muerte que mantenía la pareja Dumont. El señor Dumont, Richard, no había sido un buen marido, pero esas cosas corresponden a la vida privada de la pareja y no ahondaremos en detalles, nos dedicaremos a seguir el relato de la noche de la cual ya habíamos hablado.
Richard intentaba hablar con su mujer, para que ella lo perdonara. Pero ella hacia caso omiso de lo que decía su marido. Lo miraba fijamente y el fuego de la chimenea le daba un toque fantasmal a la fría y acusadora mirada de Clara. Los relámpagos iluminaban la escena y cada vez que lo hacían mostraban una botella de whisky más vacía...
Pasadas las doce el whisky se había acabado.
-¿por qué no me perdonas?- dijo el, ya ebrio, señor Dumont.
Clara se mantenía fría y le contestó con una mirada. Esos ojos fríos le atravesaban el alma. Habían pasado seis semanas desde que escucho por ultima vez la voz de su mujer.
-yo jamás quise lastimarte- rompió en lagrimas- Todavía te amo Clara.
Los ojos de su esposa le contestaron desde la fría e inamovible expresión de su rostro. El odio que sentía por él emanaba de ellos y le decían que no seria feliz hasta que él le pagara todo el daño que le había hecho.
-¿pero qué puedo hacer?- dijo Richard mientras aullaba en llanto- ¿no es mi sufrimiento suficiente?¿llorar por ti todas las noches no te hablanda el corazón?
Clara seguía en su postura, no estaba dispuesta a perdonar a su esposo pero si a odiarlo por toda la eternidad.
-todas las noches... todas las noches me siento en este sillón y tu mirada me reprocha lo que hice. Hace semanas que no puedo dormir, ti mirada me llena de culpa cada noche y hace mi vida más miserable cada día.
Los ojos le respondían fríamente. Lo miraban de la misma manera desde hace seis semanas, ni siquiera habían pestañeado en todo ese tiempo. Esos ojos acusadores que lo miraban a cada instante. Los encontró en la sala, lo siguieron al trabajo y le impedían concentrarce, lo acusaban mientras estaba en la cama y no lo dejaban dormir. Esos ojos, los ojos de Clara Dumont que lo perseguían acosándolo por el crimen que había cometido y lo observaban desde el cuadro frente al cual encontraron el cadáver del señor Dumont. Se había volado la tapa de los sesos, junto a él había una botella de whisky vacía y un vaso.
Los investigadores habían encontrado evidencia que demostraba que Richard Dumont había asesinado a su esposa seis semanas atrás. Los investigadores suponían que la culpa lo había llevado al suicidio.
-es extraño- dijo el detective Clarence, en la sala del señor Dumont mientras observaba el cuadro de su esposa.
-¿qué cosa?- pregunto el agente Gutiérrez.
-ese cuadro, tiene una expresión muy profunda. Severa... acusadora, diría yo. Me pone muy incomodo
-sí, mejor vamonos.
El miedo
Estas cansado¿Cómo no estarlo con la noche que pasaste? Volvés a casa por la misma calle de siempre, pero no por esa alegre, llena de niños y rayos de sol, por la que te fuiste. Ahora te encontras con una calle oscura y hostil, pero es la calle de siempre y vos decidís que no te importa su aspecto actual. Igualmente el frío no ayuda, se te congelan los huesos y no podes parar de tiritar. Mirás hacia el cielo, está muy despejado y hay una impresionante luna llena. Todo va bien, en la calle solo estás vos y el oscuro silencio de la noche. Oís tus propios pasos retumbar por toda la calle.
Entonces pasa lo que tanto temías, después de una esquina lo escuchas. Te empieza a seguir, a cada segundo es más rápido. No te atreves a voltear y no sabes lo que es. Seguís caminando, esperas que se vaya que entre en alguna casa, pero no se detiene y finalmente lo sentís en tu espalda y te decidís a voltear. Al darte vuelta no hay nadie, ni siquiera a varias cuadras de distancia, es como si el barrio entero hubiera muerto. Te sentís solo y débil, pero por sobre todo pequeño. Sufrís un escalofrío fugaz y te dispones a seguir. A los pocos metros lo escuchas de vuelta, pero esta vez te das vuelta enseguida. Al igual que antes, nada. Nadie en ninguna parte, ni siquiera un gato o algún otro animal. El miedo se empieza a apoderar de vos, entonces desde tu interior empiezan a surgir los gritos. Tal vez para aparentar valor primero exigís que de la cara, después que se vaya, que tenga cuidado porque lo vas a matar... Después de unos minutos ya lo habías insultado, te habías disculpado y lo habías desafiado.
Ya estás mejor, los gritos aunque innecesarios en otros aspectos te ayudaron a calmarte. Dos cuadras enteras sin nada fuera de lo común. “Resulto ser algún boludo nomás o por ahí mi imaginación...”. En ese momento lo sentís, no lo escuchas, no lo ves... lo sentís. Como si fuera una parte tuya por unos segundos, lo sentís, sentís sus movimientos y, por sobre todas las cosas: sentís que toma poder sobre vos y te ordena darte la vuelta. Giras sobre vos mismo a velocidad normal y hubieras deseado que el momento de enfrentarte no hubiera llegado nunca. Al estar frente a frente te da un escalofrío, se te hiela la sangre, solo por que él esta ahí. Su figura se recorta contra la luz de luna, sus ojos te observan, lo escuchas respirar... Entonces se empieza a acercar lentamente y vos quieto, como una rata asustada, pequeña y paralizada por el miedo. Se sigue acercando terrible e indetenible. Vos empezas a llorar, lloras sin hacer ruido, lloras atemorizado de moverte.
Entonces llega ante ti, te mira y sus ojos brillan atravesándote como cuchillos y quemándote como si tuvieras brasas en tu interior, respira y su putrefacto aliento te descompone. Por un instante unas imágenes, fugaces, pasan por tu aturdida mente: ves tu pasado, tu infancia, tus penas y tus alegrías, tus triunfos y tus derrotas tu vida entera pasa ante tus ojos. Hasta que finalmente te ves ahí parado en la calle frente a eso. Pero las imágenes siguen avanzando y llegan hasta un diario: ves un cuerpo tirado en la calle, ves una cara, ves unos ojos desorbitados de terror, la horrorosa mueca del miedo en su estado más puro y simplemente te resignas a reconocer esa cara, tu cara...
Entonces pasa lo que tanto temías, después de una esquina lo escuchas. Te empieza a seguir, a cada segundo es más rápido. No te atreves a voltear y no sabes lo que es. Seguís caminando, esperas que se vaya que entre en alguna casa, pero no se detiene y finalmente lo sentís en tu espalda y te decidís a voltear. Al darte vuelta no hay nadie, ni siquiera a varias cuadras de distancia, es como si el barrio entero hubiera muerto. Te sentís solo y débil, pero por sobre todo pequeño. Sufrís un escalofrío fugaz y te dispones a seguir. A los pocos metros lo escuchas de vuelta, pero esta vez te das vuelta enseguida. Al igual que antes, nada. Nadie en ninguna parte, ni siquiera un gato o algún otro animal. El miedo se empieza a apoderar de vos, entonces desde tu interior empiezan a surgir los gritos. Tal vez para aparentar valor primero exigís que de la cara, después que se vaya, que tenga cuidado porque lo vas a matar... Después de unos minutos ya lo habías insultado, te habías disculpado y lo habías desafiado.
Ya estás mejor, los gritos aunque innecesarios en otros aspectos te ayudaron a calmarte. Dos cuadras enteras sin nada fuera de lo común. “Resulto ser algún boludo nomás o por ahí mi imaginación...”. En ese momento lo sentís, no lo escuchas, no lo ves... lo sentís. Como si fuera una parte tuya por unos segundos, lo sentís, sentís sus movimientos y, por sobre todas las cosas: sentís que toma poder sobre vos y te ordena darte la vuelta. Giras sobre vos mismo a velocidad normal y hubieras deseado que el momento de enfrentarte no hubiera llegado nunca. Al estar frente a frente te da un escalofrío, se te hiela la sangre, solo por que él esta ahí. Su figura se recorta contra la luz de luna, sus ojos te observan, lo escuchas respirar... Entonces se empieza a acercar lentamente y vos quieto, como una rata asustada, pequeña y paralizada por el miedo. Se sigue acercando terrible e indetenible. Vos empezas a llorar, lloras sin hacer ruido, lloras atemorizado de moverte.
Entonces llega ante ti, te mira y sus ojos brillan atravesándote como cuchillos y quemándote como si tuvieras brasas en tu interior, respira y su putrefacto aliento te descompone. Por un instante unas imágenes, fugaces, pasan por tu aturdida mente: ves tu pasado, tu infancia, tus penas y tus alegrías, tus triunfos y tus derrotas tu vida entera pasa ante tus ojos. Hasta que finalmente te ves ahí parado en la calle frente a eso. Pero las imágenes siguen avanzando y llegan hasta un diario: ves un cuerpo tirado en la calle, ves una cara, ves unos ojos desorbitados de terror, la horrorosa mueca del miedo en su estado más puro y simplemente te resignas a reconocer esa cara, tu cara...
La deliciosa
Era un restorán muy pintoresco que estaba situado en una esquina bastante céntrica. Se llamaba “La deliciosa” y a Ivan le encantaba comer ahí los viernes por la noche. Ivan era un joven de unos 22 años, que vivía en la misma cuadra donde quedaba el restorán, tenia ojos claros y pelo castaño claro, era un aficionado a la música y tocaba el bajo en una banda de rock. Vivía solo y no le gustaba cocinar, por ende la comodidad solía arrastrarlo a “La deliciosa”. Ivan amaba comer ahí y ya conocía a todos los mozos y cocineros.
Fue una noche de verano en la que Ivan se había olvidado de sacar la basura cuando descubrió todo. Entre diversos insultos se puso unas alpargatas y bajó en shorts y musculosa a la calle a dejar la basura. Eran las 12 de la noche pero quizás se la llevara un cartonero. La calle estaba desierta y expectante. Era como si cada farol, cada tacho, cada baldosa y cada papel estuviera conteniendo la respiración para no perderse ni el último y más mínimo sonido de lo que iba a pasar. Esta sensación se interrumpió por una estridente carcajada de hombre y el comienzo de una canción de cumbia que transformó la situación de expectación por una de desagrado ante tan mal gusto.
Iván vivía solo, su padre estaba fuera del país y no hablaba con él hace años. Su madre no le caía muy bien y solo lo veía una vez al mes. Sus amigos habían ido a bailar a un boliche muy movido que a él no le agradaba y se había peleado con la novia ayer. Entre tanta soledad decidió que no tenía nada mejor que hacer que ir a chusmear que pasaba detrás de la cocina de “La deliciosa”.
Aunque conocía a todo el mundo y estaba en su barrio, por algún motivo decidió aercarse en silencio y a cada paso sentía el peso de toda la calle observándolo. Cuando llegó al callejón donde estaba la puerta trasera del restorán ya podía distinguir claramente la música y eso no le alegraba mucho (“mato a un rati, me fumo un caño...”). no entendía cómo la gente tan simpática del restorán podía tener tan mal gusto. El callejón estaba levemente iluminado por la luz que salía desde la entreabierta puerta trasera del restorán. El callejón estaba al igual que la calle desierto, pero aquí, a pesar que la música rompiera todo el clima de misterio, se remarcaba lo expectantes que estaban las cosas, como si fueran testigos de algo que los hombres no pueden ver y no tuvieran manera de contarlo.
Desde la entrada del callejón no se podía ver mucho y la curiosidad del joven lo fue llevando, paso a paso, hasta la puerta entreabierta donde vio un espectáculo que lo sorprendió, pero no más que lo esperado. Desde la puerta entreabierta podía ver al personal de “La deliciosa” bailando con varias mujeres que tenían la apariencia de ser prostitutas (“puta, sos una puta” decía la canción que sonaba en el equipo de música “hay que puta que sos”). Después de observar unos minutos Ivan vio como los cocineros y mozos abandonaban el baile y empezaban a hacer otra cosa, por lo cual decidió que ya había invadido bastante su privacidad y se fue.
Cuando salió del callejón se detuvo casi decepcionado de haber encontrado una fiesta y no haber visto nada demasiado inusual. Pensando en los extraterrestres y los guisos de rata que esperaba encontrar descubrió un paquete de puchos en el bolsillo, pero cuando se disponía a fumar el único cigarrillo que le quedaba se le calló el paquete entre unos tachos de basura. Fue mientras que estaba agachado entre los mismos, que, con un grito y un golpe, una de las mujeres salió corriendo del restorán. Ivan alzó la cabeza justo para ver como un cuchillo salía volando y se le clavaba a la mujer por la espalda. Comprendió que debía observar el resto de la escena en cuclillas. Un cocinero y un mozo salieron y de forma espantosamente rutinaria se llevaron el cuerpo para adentro y entre murmullos Ivan escuchó:- Tiene buenos músculos, va a hacer una buena carne-
-Sí, va a servir para los churrascos-
Pasaron treinta minutos en los que Ivan Estuvo tan duro como las baldosas e igual de expectante. Escondidos bajo los sonidos de la cumbia le llegaban los gritos de dolor y pánico de las prostitutas. A pesar de su miedo decidió asomarse de nuevo por la puerta y en el más completo silencio observó una escena terrible y repugnante: una luz tenue y amarilla iluminaba las mesas donde dos prostitutas eran destripadas y cortadas en pedazos, en un rincón unos mozos acomodaban unos cadáveres (con un necrofilico exceso de manoseo) y, mientras guardaba en el congelador una mujer ya destripada y cortada, el cocinero mayor decía:- La cagaste Carlos ahora que se asustaron van a hacer una carne de mierda, toda dura.
-Perdón jefe- dijo el mozo.
Fue lo último que dijo antes de que otro mozo le partiera el cuello con un palo de ablandar carne. Ivan gritó del susto y en una milésima de segundo comprendió que tan mal había metido la pata. Salió corriendo cuando todos empezaban a comprender que el grito provenía de la puerta y entró en su casa cuando ellos salían al callejón. Escondido desde el balcón los observó ir hasta las esquinas buscando a alguien. No sabía si lo habían visto, pero lo que más lo preocupaba en ese momento eran todos los churrascos que se había comido en ese lugar.
Mientras se doblaba vomitando en el baño escuchó el peor sonido que podría haber oído en su vida entera: el timbre. Lo raro es que era el de adentro, no el de abajo. Se quedó agazapado en el baño unos minutos y cuando menos lo esperaba el visitante se fue. Le llamó la atención un sobre que este había pasado por debajo de la puerta antes de irse. Al abrirlo leyó una carta que decía:
“Querido Ivan Kachuk:
comprenderá que el secreto es esencial para la estabilidad de nuestro negocio. Como gente civilizada y de negocios que somos le dejamos esta suma de dinero para no tener que vernos obligados a hacer algo desagradable."
En el sobre encontró 10.000 pesos y se quedó aliviado, pero no sabía qué hacer. Se había salvado la vida y había ganado dinero, pero... ¿a qué costo? ¿Podría vivir con la culpa? Estas preguntas los mantuvieron despierto toda la noche y cuando se decidió ya era la tarde y tenía hambre. Se baño, se cambio y se fue hasta “La deliciosa”.
Todos los mozos lo vieron entrar y siguieron cada aso hasta que se sentó en su mesa de siempre, junto a la ventana. Un mozo se le acercó y con una voz de ultratumba le pregunto que quería. Mientras abría el diario que estaba en la mesa Ivan dijo:- Una ensalada, por favor- levantó la mirada y le guiñó el ojo al mozo, provocando que todo el personal del restorán soltara un sonoro suspiro.
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